El ramo de flores que nunca me regalaste para el estreno, se pudre en el balde de la florería. El olor a agua estancada se evapora sin sol, el rojo parpadeante se apaga y la entereza del tallo se ahoga.
Yo, en franca oposición, me subo a mis plataformas verdes para ponerme el pantalón de terciopelo y colorearme las tetas y los brazos con rubor.
Elijo los aros colgantes que hacen ruido cuando camino y el anillo que me dá poder. Me acomodo el pelo con un inflador, subrayo mi mirada y doy en el blanco con un rouge intensamente rojo. Mi carterita chiquita de damisela abraza al frasquito de perfume que tanto extrañaba.
Huelo a venganza pero solo salgo al escenario
miércoles, 20 de julio de 2011
A Modo de Declaración de Principios.
Nadie comprende el sabor de las uñas como quienes nos las comemos. Porqué te comes las uñas? Porque no tengo nada mejor que hacer, dan ganas de decir. Me como las uñas sin darme cuenta cuando.
Es tan automático el llevarse la mano a la boca, pasar la lengua y los dientes en busca de alguna puntita que nos permita tironear y desprender de nuestro cuerpo, esa pequeña conformación minúscula pero sólida.
¿A qué sabe? Sabe a uña. O la gente pregunta por ahí a qué sabe el pollo? A pollo. Bueno la uña sabe a uña. Y punto.
Es más fácil describir el sabor de una lágrima cuando termina en nuestra boca, porque si bien sabe a lágrima, también es salada.
Pero la uña no. No es ni dulce ni salada. Es una uñita insignificante que no sabe a nada pero que aquieta tempestades. Bueno, yo me quedo suspendida en el aire, en un tiempo indeterminado, con la única preocupación de poderle quitar a mi dedo otro pedacito de células muertas. ¿Qué pretendo con esto? No lo sé. He intentado abandonar mi hábito y por momentos lo logro, pero casi siempre, por alguna ansiosa razón me vuelvo a llevar la mano a mi boca.
Me muerdo, me raspo y me saco el esmalte que sabe a esmalte, pero que no me gusta mucho. Me gusta más la uña sola. Con su gusto de uña. Es todo lo que puedo decirles de cómo sabe una uña a quienes no se comen las uñas y me preguntan porque me las como. Por su sabor parece que no es.
Es tan automático el llevarse la mano a la boca, pasar la lengua y los dientes en busca de alguna puntita que nos permita tironear y desprender de nuestro cuerpo, esa pequeña conformación minúscula pero sólida.
¿A qué sabe? Sabe a uña. O la gente pregunta por ahí a qué sabe el pollo? A pollo. Bueno la uña sabe a uña. Y punto.
Es más fácil describir el sabor de una lágrima cuando termina en nuestra boca, porque si bien sabe a lágrima, también es salada.
Pero la uña no. No es ni dulce ni salada. Es una uñita insignificante que no sabe a nada pero que aquieta tempestades. Bueno, yo me quedo suspendida en el aire, en un tiempo indeterminado, con la única preocupación de poderle quitar a mi dedo otro pedacito de células muertas. ¿Qué pretendo con esto? No lo sé. He intentado abandonar mi hábito y por momentos lo logro, pero casi siempre, por alguna ansiosa razón me vuelvo a llevar la mano a mi boca.
Me muerdo, me raspo y me saco el esmalte que sabe a esmalte, pero que no me gusta mucho. Me gusta más la uña sola. Con su gusto de uña. Es todo lo que puedo decirles de cómo sabe una uña a quienes no se comen las uñas y me preguntan porque me las como. Por su sabor parece que no es.
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